mi nuevo cuerpo post parto

Nueva Mamá cuerpo, feminismo, sexualidadPublicado el

Es fascinante. La mayoría de las conversaciones post parto son sobre dos temas: sueño (cuánto está durmiendo tu bebé, cuántas horas estás durmiendo tú, tomas siestas cuando el bebé duerme como deberías, cuánto es lo más que el bebé ha dormido, etc.); y tu cuerpo.

Cuando escribo tu cuerpo me refiero a mi cuerpo, me refiero a todos los maravillosos cuerpos de las mujeres que se pasan nueve meses haciendo vida dentro de ellos, después empujándola fuera por un orificio imposiblemente pequeño y después alimentando a ese pequeño ser humano con tu cuerpo de nuevo. De esos cuerpos estoy hablando. Ahora hablemos del mío.

Subí 20 kilos mientras hacía a un pequeño ser humano. Eso. Es. un Montón. Bajé más de 10 kilos las primeras semanas después de que nació. Estaba segura que todo el peso era bebé y agua. ¡Estaba reteniendo un montonal! Estaba segura que el resto caería rapidísimo (excepto por los kilos en mis gigantescos pechos productores de leche!)

Así que bajé de peso y pensé ¡fabuloso! en cuanto mi útero se encoja a su tamaño normal regresaré a mi talla pre-embarazo. ¿No? ¡No! claro que no. Mucho del peso que subí es grasa porque, ¡pues porque estaba embarazada! Obvio, ¿no? Hice ejercicio durante todo el embarazo hasta que ya no me podía mover. Comí saludable y subí de peso porque eso es lo que los cuerpos increíbles que hacen humanos hacen.

Un mes después de que mi dragón miniatura nació intenté ponerme unos pantalones que no había tocado en diez meses. Estaba segurísima de que me iban a quedar. Mi cabeza no había aceptado que mucho del peso seguía ahí, agarrándose a mis caderas y piernas.

Confieso que me rompí.

¿Por qué me rompí? Porque estaba segura, totalmente segura de que unas semanas después de que nació mi bebé mi ropa me iba a quedar. ¿Por qué? Porque así les pasa a las celebridades, ¿o no? Porque eso es lo que se supone que es lo que tiene que pasar. Porque por años he sentido que estar flaca y en forma significa que merezco ser amada.

Mi queridísimo esposo me tranquilizó. Me dijo lo hermosa y sexy que soy, lo mucho que le atraigo, lo increíble que soy. Besó mis lágrimas y me dijo que él está seguro que puedo estar en forma otra vez en cuanto me recupere y vuelva a hacer ejercicio. Él cree que lo puedo hacer si quiero, pero no espera que lo haga. En ningún momento me ha hecho sentir que necesito ser una talla menos para que me ame.

Es rara esta época de mi vida. En todos mis años de soltería la fórmula ilógica con la que funcionaba era que tenía que usar cierta talla, verme de cierta manera, usar cierta ropa para poder encontrar a alguien que me ame.

Ahora tengo a alguien que me ha visto agrandarme, que me ha escuchado pedorrearme, que me ha visto en trabajo de parto llena de dolor y mugiendo como vaca, que ha visto cómo mi camisa se empapa de leche, que me ha abrazado, que piensa que soy el ser más hermoso de este mundo… y no tiene nada que ver con mi tamaño o talla.

Estoy a dieta (lo que significa comer manzanas en vez de galletas y helado sólo una vez a la semana en vez de diario. y estoy emocionada de regresar a hacer ejercicio (porque me hace sentirme bien, ¡viva las endorfinas!). Pero lo quiero hacer por me, para sentirme más en control de mi cuerpo. No porque necesito estar más flaca para recibir amor. No porque tengo que estar más flaca para ser una mujer que merece ser amada. Sino porque quiero.

Tengo amor sin importar mi tamaño y eso es una lección más que la maternidad me ha otorgado.

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