las palabras pesadas

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Hace un par de días fui con mi esposo a una clase de cocina. Sin nuestro bebé. Sin otras personas a quienes íbamos a ver porque tienen bebés. Eran personas normales, tan normales como una clase de cocina en Chelsea.

Y como en cualquier actividad en la que la charla es esencial la pregunta salió, La Pregunta: “¿Y tú qué haces?”

Siempre me ha parecido una interrogación extraña a la que me acostumbrado en esta ciudad. Es tan común como hablar del clima o de los anuncios del Super Bowl o del clima. Siempre me he preguntado si el hacer algo, la actividad con la que estás ocupada casi todo el día te define como persona, le da suficiente información a la persona frente a ti para que te empiece a juzgar lentamente, os i simplemente es la manera más fácil de encontrar puntos en común para evitar el incómodo silencio entre dos extraños.

Así que esa noche la pregunta apareció como el fantasma de un pasado sin bebés.

Y sin pensarlo mucho contesté “Soy mamá de tiempo completo…” y, rápidamente agregué como si tuviera que disculparme por las palabras dichas “también soy escritora y estoy trabajando en mi tesis doctoral…”

Ambas aseveraciones son verdad. Sí me quedo en casa con mi bebé, y salgo lo más que puedo, a clases, a caminar para evitar la claustrofobia. También estoy intentando regresar, muy lentamente, a mi trabajo académico (erradicando, tan lánguidamente como una hormiga con un kilo a sus espaldas, el cerebro de mamá que ha transformado mi pensar).

Ambas aseveraciones son verdad y sin embargo me dio vergüenza. Quizá vergüenza es una palabra demasiado fuerte, pero ser acerca al sentimiento. Intentaré explicarlo.

Me sentí insegura porque no estoy en el mundo adulto haciendo cosas, sentí aprensión porque no estoy generando dinero. Me sentí rara al decir que me qeudo en casa todo el día como si no hiciera nada que estar tirada en el sillón comiendo malvaviscos. Me sentí juzgada (aunque no vi juicio en las caras, vi extrañeza, como la que tienen todas las personas sin hijos cuando les dices que dedicas tu día a un tirano miniatura).

¿Era yo quien estaba juzgando? ¿Me estaba juzgando a mí misma porque nunca pensé estar en esta posición, y más, apropósito?

¿Por qué decir esas palabras en voz alta hicieron que me cuestionara todo lo que he estado haciendo los últimos cinco meses? ¿Las palabras eran una manera de demostrar que había reconocido internamente pero no había llevado al mundo externo sin bebés?

¿Será por que solía juzgar a mujeres como yo antes de que entendiera?

Sí juzgaba porque, ¿por qué dejarías de ser quien eres, lo que eres, tu carrera, tu trabajo, todo por un bebé? No estamos en los 50. ¿Por qué tendrías de dejar algo por algo, incluyendo la maternidad?

Mi ser feminista, el que lucho por su libertad y para ser tratada equitativamente con mis hermanos, el que fue más allá y luchó mas para hacer su propia vida y tomar sus propias desiciones no entendía. El ser feminista que vive dentro de mi con puños apretados esperando la siguiente pelea, no podía entender cómo una mujer que se quedaba en su casa a criar a sus hijos no era una perdedora. No iba a dejar todas las libertades que había obtenido, ni su carrera tampoco. Una mujer que está todo el día con sus hijos no dejó de ser ella. Ni dejó de ser adulta.

Una mujer que decide quedarse en casa con sus hijos puede estar tan realizada como una mujer que va a la oficina todos los días ¿por qué era tan difícil de entender esto?

¿Cómo pude ser tan juzgona y tan ciega?

Soy mamá de tiempo completo. Soy la directora de logística y la vicepresidenta de actividades de Danielle Olivia Enterprises (mi bebé es la directora, claro está). Y decirlo en voz alta también fue liberador, porque es verdad. Porque soy suficientemente afortunada de estar en esta posición porque quiero. Soy suficientemente afortunada de poder hacer.

Es difícil decirlo en voz alta porque la mayoría de las personas que no han pasado más de un par de horas con un bebé no entiende cuánto trabajo es, qué tan cansadas acabamos, cómo ir al baño, bañarse o comer es un lujo.

La mayoría de las personas que no lo han hecho no saben lo cansado que es, ni lo gratificante.

La próxima vez que me pregunten “¿Qué haces?” no sentiré vergüenza ni me faltarán las palabras.

Sé perfectamente qué estoy haciendo y el porqué.

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