Alcachofa Amorosa

Las alcachofas han sido una de mis verduras favoritas desde la infancia. El placer de ir hoja tras hoja hasta llegar al corazón, al centro de todo, es algo que no se puede repetir con otro vegetal. Existe un placer muy particular con la tardanza en el comer, la lentitud a la que te empuja la verdura.

Las solía comer hervidas con mayonesa.

Y crecí y no sabía cocinar, y sin embargo dentro de mi ignorancia en la cocina (algún día escribiré cómo no sabía hacer nada de nada del nada en la cocina), sí sabía cocinar alcachofas. Poco a poco, con amor, desarrollé esta receta.

 

En la Ciudad de México la temporada de alcachofas empieza alrededor de marzo. Vienen hombres de fuera de la ciudad con alcachofas gigantes en los hombros. Caminan por las calles, de coche a coche, de acera en acera, vendiendo estas floreadas delicias. Yo tenía a mi ‘don de las alcachofas’, cada año tocaba mi timbre semanalmente para traerme mi dosis de alcachofas. Me dejaba alcachofas tan grandes y jugosas que no cabían en mi olla. A veces me sorprendía con una alcachofa en flor que duraba por meses y meses en mi solitario hogar.

Vivía conmigo y sin nadie más y me sentía muy sola en aquel entonces, con una necesidad ahogante de amar tan profunda que me dolía. Las alcachofas se volvieron una manera de llegar a un corazón, aunque fuera uno vegetal, y de encontrar amor, para mí misma, al regalarme comida deliciosa y saludable.

Mis amigos sabían que cocinar alcachofas era mi onda por unos meses del año, así que cuando se enteraban que había comenzado la temporada, me llamaban para saber cuándo me podían acompañar en una interminable cena de alcachofas, o simplemente caían en mi casa con sus alcachofas para que las preparara.

(Unas semanas antes de irme de México y de esa vida escribí esta receta, en poema, la cual dejaré hasta abajo de este post.)

Extraño a mi don de las alcachofas pero no extraño esa vida. Ahora mi corazón está lleno de otros corazones a los que amar, el de mis hijos, mi marido, mi perro; pero cocinar alcachofas me recuerda el amarme a mí primero, el encontrar mi corazón, hoja a hoja, lentamente, con cuidado, hasta que lo tenga en la palma de mi mano y pueda ver el espejo de la vida que tengo ahora.

 

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Aquí el poema…

Instrucciones para cocinar alcauciles

A petición de varios, me permití escribir las instrucciones para cocinar alcauciles, también conocidos como alcachofas o flores de tiempo.

  1. Nunca se debe de preparar una alcachofa sola, se vuelve triste y solitaria. Las alcachofas platican mientras se encuentran en el horno o en la olla.
  2. No se le debe tener miedo a las espinas, uno debe recordar que dentro de las queridas alcachofas, existe un corazón que pide a gritos ser comido.
  3. Pensar muy bien con quién se compartirán; el desmenuzarlas es un proceso tardado e íntimo, así que no se comparte con cualquiera.
  4. Al momento de la preparación, uno debe comprender que cada una de las hojas terminará siendo destrozada, por ello, se le debe de dar cariño y caricias.
  5. Recordar que las alcachofas son las primas terrestres de las jacarandas, sólo que las primeras salen del suelo para elevarse, y las otras se elevan para caer.
  6. Limpiarlas bien, una tina a temperatura cálida hará que se aflojen y no les dé miedo entregarse a los condimentos que se preparan para su unción.
  7. Picar, finamente, muchos dientes de ajo. Es fundamental recordar que las manos con olor a ajo es uno de los grandes afrodisíacos de la edad antigua.
  8. Poner, si se quiere, las hojas de perejil a nadar junto con las alcachofas. Así encontrarán un diálogo de encuentro y querrán estar más tiempo unidas.
  9. Picar, finamente, el perejil. Permitir, antes que esto, que la hierba se despida, brevemente, de las alcachofas.
  10. Mezclar ingredientes secretos junto con sal de mar, pimienta recién molida y aceite de oliva.
  11. Añadir el ajo y el perejil a la poción.
  12. Tomar, delicadamente, una de las alcachofas. Tomar medio limón y frotar, como si fuera un amante nuevo, a la alcachofa, cada una de las hojas, el tallo, para que crezca en la boca, el tronco, para que llegue al corazón.
  13. Introducir la poción dentro de las hojas y todo alrededor. Todo esto, obviamente, con las manos desnudas.
  14. Introducir, una a una, las alcachofas dentro de una olla grande.
  15. Cuando la poción se haya terminado, junto con los alcauciles seductores, llenar el frasco con agua y bañar a las fervientes alcachofas con ella. Una o dos unciones será suficiente.
  16. Tapar la olla, mirándolas fijamente, sabiendo que ahora se transformarán en manjares, en flores del tiempo que se desflorarán.
  17. Prender fuego. Prender el fuego. Prenderse.
  18. Oler.
  19. Mirar.
  20. Comer.